Damián, era un niño muy curioso y travieso de 8 años, que le encantaba hurgar en los cajones de su padre, cada cosa nueva que encontraba en ellos, era una nueva aventura para él, su padre que era consiente de eso tenia un baúl enorme, donde guardaba sus objetos mas preciados, y le tenia prohibido a su hijo hurgar en el.
Un día cansado de no encontrar nada nuevo, decidió abrir aquel baúl, tan solo para mirar, pero al ver una cámara enorme acompañada de fotografías antiguas de su padre, no aguanto las ganas de salir a probarla.
Al mirar el sol quiso atrapar sus rayos, luego quería saber si también podía atrapar el agua, ya que esta nunca estaba quieta, y así paso el día, pero cuando se dirigía hacia su casa se topo con una pequeña ardilla, se concentro en su cabello que dibujaba sombras conforme al sol, sus dientes casi tan blancos como su alma, pero lo que mas llamo su atención fue su mirada, esa mirada solitaria que le recordaba la suya.
Trepo al árbol para fotografiarla, con tan mala suerte que la rama donde se encontraba comenzó a quebrarse, cayó, rompió su brazo, la cámara y un pedacito de su corazón. Su padre no lo reprendió tan bruscamente como Damián lo esperaba, pero pudo ver la enorme tristeza que había provocado en él.
Los años pasaron y Damián no cambio mucho, solo que adolescente sonreía un poco menos. Un día mientras caminaba por los al redores de su casa, fijo su mirada en un enorme árbol, luego de unos minutos se concentro en una de sus ramas ya que le pareció que era diferente de todas, de pronto vio una pequeña hendidura que era un poco mas clara que el café espeso de aquel árbol, pero particularmente parecía mucho mas fuerte, fue entonces cuando recordó aquel suceso y se pregunto como el árbol había podido cicatrizar tan rápidamente sus heridas, y las de su corazón aun seguían tan abiertas.



